Hasta el año que viene
Cuando las puertas se abrieron el 19 de Abril pasado la concurrencia y el amontonamiento no eran destacables ni mucho menos molesto. No había nenes corriendo y sus padres mirando que comprar; no había parejitas de la mano caminando lento como dueños del lugar; no había cochecitos de bebé con madres despistadas; y no se reducía el paso cuando los ancianos no avanzaban a la velocidad que se debe. Pero la naturaleza humana es tonta y predecible, y espera y deja, para cuando el tiempo es escaso, lo que pudo hacer antes con mayor libertad.
Era de esperar que el 7 de Mayo, fecha de cierre de la feria, iba a ser el día en que la parte más humana de Buenos Aires salga a la calle.
Ya en la entrada se podía notar lo complicado que iba ser transitar el último día de la Feria del Libro. La fila de personas estaba desorganizada y tumultuosa, pero avanzaba sin problemas. El primer sector, el más aburrido, estaba semi-vacío, salvo por un par de almas.
El tubo que lleva al predio principal perdió su color amarillo Macri por un blanco Ala, y el aroma seductor de la parrilla seguía invitando al pecado del colesterol a un precio grosero. Esta vez las mesas de consumición de alimentos estaban todas ocupadas.
Un espacio lleno de detalles y de enriquecimiento desaprovechado por un concepto capitalista que promueve el consumo indiscriminado y la falta de interés, por el producto y por uno mismo.
Todo lo que no hubo en el primer día, estuvo en el último: Gente apurada, apretada e indiscreta. Empujones, arrebatos, caras de culo. Quejas, falta de atención y cantidades de cuerpos que desde lejos y desde cerca se los notaba ansiosos por la capacidad de su billetera en comparación del precio de los libros.
Una curiosidad que llamó mucho la atención fue un hombre que regalaba libros y las personas no sabían de que se trataban. Cuando el hombre les decía que eran de poesía, tenían un momento ínfimo de duda y luego tomaban los libros de a varios, total eran gratis.
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