Ayer se llevó adelante, en la sala
Javier Villafañe del Pabellón Azul, la mesa redonda sobre Derechos de Autor en
la era de Internet. A su término, quedó una conclusión: nada es completamente gratis, ni
siquiera el acceso a un contenido desde la web, por lo cual todo creador debería
cobrar si su material es compartido libremente. El encuentro fue organizado por la Sociedad General de Autores de la Argentina (ARGENTORES), y contó con la participación del guionista Sergio Vainman, el joven escritor Nicolás “Zabo”
Zamorano, y el abogado especialista en propiedad intelectual Darío Rodríguez Miglio. El periodista Alberto Catena estuvo a cargo de la coordinación.
Ellos no están en contra del libre acceso a
contenidos, sino de la gratuidad de los mismos. “Estamos pidiendo lo mismo que
se le pide a una persona que entra a un teatro a ver una obra: que pague. Pero
no se lo estamos pidiendo al que consume, sino al que le abrió la puerta, al
facilitador”, explica Vainman.
Desde el punto de vista jurídico los derechos de
propiedad intelectual existen, pero es difícil hacerlos respetar cuando desde cualquier
computadora se pueden ver las últimas películas y series, leer libros y
escuchar música, sin pagar a quienes los hicieron.
“Nada es gratis –indica Rodríguez Miglio, asesor de ARGENTORES- porque para acceder a
un contenido pagamos el servicio de Internet, la banda ancha, el módem, el
router, la electricidad. Entonces, ¿por qué si nada es gratis los derechos de autor
deberían serlo?”, se pregunta.
Para el abogado, “el internauta no es amigo del derecho de propiedad intelectual”. Según él, Internet –la “revolución digital por excelencia de los
últimos 12 años”- sirve para hacer negocios que no siempre son beneficiosos
para los creadores de una obra.
Sin embargo, crea nuevos públicos para el material
disponible, y vincula directamente a ambos, eliminando intermediarios como productoras o editoriales. Además de la organizadora de esta charla, otras asociaciones como SADAIC, AADI, DAC, SAGAI y SAVA reúnen a los autores para que el público
llegue a ellos y a sus creaciones.
Un autor, prosigue Rodríguez Miglio, “debe poder negociar hasta
qué punto quiere compartir su material y cuánto quiere cobrar, si es que lo
desea. Debe tener una licencia para publicar su contenido y establecer
condiciones económicas y de información”. Algunos comparten su obra
voluntariamente, como Zabo con su blog que devino en libro: Memorias de mis 16.
Consumidores versus usuarios
Sergio Vainman, el guionista, plantea una distinción importante y aclara:
“Los usuarios son aquellos que ponen a disposición de los consumidores el
material, y lucran con eso. Internet para ellos es un negocio”. Los segundos
siempre pagan lo que consumen.
Los usuarios saben que proveen obras cuyos autores
tienen derecho a recibir regalías, pero en Internet es confuso identificarlos
porque faltan regulaciones. Como ejemplo, Vainman menciona la televisión: allí
una productora vende un programa, serie o tira, y se firma un contrato que le
asegura el cobro de los derechos que le corresponden. Pero eso, a menudo, no
sucede en la web.
Rodríguez Miglio comenta el caso de Cuevana y la conveniencia de
legalizarla por la cantidad de visitas aseguradas que significa:
¿Es malo cobrar regalías?
“No, y tampoco es malo no cobrar”, responde el asesor jurídico.
Hacerlo es una posibilidad legítima, pero difícil. “En el mundo, sólo entre el
5 y el 7 por ciento de los creadores vive del cobro de derechos de autor”,
comenta.
Sergio Vainman añade: “Una sociedad que no protege a sus
creadores los termina perdiendo”. Y realmente sucede: muchos autores africanos se
van a países como Francia, España e Inglaterra en busca de leyes de propiedad
intelectual que les permitan vivir de su trabajo.
“Los trabajadores de la cultura deben ser protegidos
en el marco de la ley. No favorecidos ni privilegiados, sino protegidos, como
lo son los trabajadores de cualquier industria”, resume el guionista.
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